Una chica extraordinaria

Cuando recibí el encargo de cubrir por primera vez una carrera de ciclismo, he de reconocer que no sentí ilusión alguna porque maldita la gracia que me hizo la inesperada baja de mi compañero, el experto en la materia Matías. Por ese motivo iba a tener que escribir de algo tan desconocido para mí como para un esquimal describir una palmera.

Acudí hasta un pequeño pueblo a orillas del Cantábrico para realizar la crónica de una jornada de competiciones para cadetes, chicas y chicos entre 15 y 16 años, cuyas vidas se encontraban muy alejadas de mi entorno diario. Mi primera sorpresa llegó cuando los organizadores comunicaron que las chicas correrían junto con los chicos por no cumplir el mínimo exigido para competir ellas solas.

Disputados a un ritmo frenético los primeros 25 kilómetros, llamó mi atención una chica que a duras penas aguantaba en la parte trasera de un pelotón formado ya en su totalidad por chicos. Era la única de las chicas que quedaba en competición. Durante varios minutos abandoné la cabeza de carrera y fui detrás de las últimas unidades porque reconozco que la curiosidad por ver cómo marchaba la ciclista cuya coleta rubia asomaba por detrás del casco, empezó a adueñarse de mí.

La carrera fue una auténtica odisea para el dorsal 51 cuyo nombre venía reflejado en la lista de inscritos: Nieves. A duras penas seguía la rueda trasera del último corredor del pelotón pero, pasados 40 kilómetros, la carrera abordó unos duros repechos y allí quedó lo suficientemente separada de las últimas unidades del grupo como para no contactar jamás. No conseguí ver a nadie que la asistiera y animara; al no formar equipo y correr como independiente su padre se vio obligado a compartir coche con otros corredores.

¡Qué chica más testaruda! La Guardia Civil de tráfico, al ver que la distancia con el pelotón era ya insalvable, le rogó que se retirara ante el peligro que suponía gestionar semejante espacio. Tuve que olvidarme de ella y regresar a la cabeza de carrera pero os aseguro que debió sufrir lo indecible. Ya había tenido lugar la entrega de trofeos cuando cruzó la meta fuera de competición, sin el coche escoba, sin la moto de la Guardia Civil ni otro vehículo de la organización, pero lo asombroso de todo es que llegó.

Su padre, calmado pero con el rostro preocupado, la estaba esperando. Desde una distancia prudencial les observé inmersos en una soledad que interpreté como uno de esos momentos en los que te preguntas si merece la pena tanto esfuerzo para tan poca recompensa. En ese instante recordé las palabras de mi compañero Matías hablándome de la capacidad de los ciclistas por sobreponerse a situaciones límite y mirar siempre hacia adelante, personas con resiliencia, les dicen.

Decidido a averiguar más sobre la vida de una irreducible adolescente cuyo coraje había abierto mis sentidos, quedé con ellos al día siguiente en una pequeña localidad a 400 kilómetros de distancia. Ellos, para poder competir en una carrera que había resultado muy ingrata, habían completado 800 kilómetros en un solo día.

Llegué a la hora de la comida y el padre de Nieves, Felipe, estaba esperándome con una vieja vespa restaurada por él mismo. Con ella protege a Nieves en sus entrenamientos por carretera. Nos dirigimos al bar donde suele comer algo rápido antes de reemprender el trabajo y allí sentí un gran alivio. Nuestra protagonista ya conocía el triunfo. Fotos y trofeos de Nieves figuraban en las paredes dando testimonio de los momentos felices. Según me explicó su propietario, la vida del bar cambió el día que Felipe llegó con el primer trofeo ganado por su hija. Ahora todos preguntan por la chiquilla y son muchos los que se han enganchado al ciclismo; este año han visto en directo la prestigiosa Flecha Valona para mujeres y cuentan que nadie despegó sus ojos de la pantalla hasta que una increíble ciclista holandesa, dicen que vence en todas las disciplinas del ciclismo, cruzó la meta.

Era ya un poco tarde y Nieves ya habría salido del colegio, así que nos apresuramos hacia su vivienda. En la acera y bajo la débil luz de una farola, acompañada de sus admiradoras, las inseparables amigas Ana y Sonia, nuestra protagonista pedaleaba con un ligero vaivén sobre un objeto llamado “rodillo de rulos” en el que cualquiera de nosotros nos abriríamos la cabeza. Aproveché su entrenamiento de “recuperación”, así le llaman tras la paliza del día anterior, y le pregunté una cuestión que daba vueltas en mi cabeza desde que la vi correr: ¿cómo pudo aguantar sin bajarse de la bici hasta el final? Agachó la cabeza y sin dejar de pedalear afirmó que en los momentos difíciles se concentra en que las bielas no dejen nunca de dar vueltas, y es ése detalle el que le ayuda a alejar el sufrimiento. Tras dar por finalizada la sesión y mientras Nieves y su padre recogían todo, la madre, amablemente, me invitó a subir a su casa.

Delante de una gran fotografía de la “niña de sus ojos” en lo más alto de un podium su madre expuso sincera los “miedos” por el futuro de su hija. Desde muy pequeña el ciclismo ha sido para ella un juego divertido, sin embargo le preocupa la exigencia cada vez mayor para una chica que con 15 años debe compaginar estudios, entrenamiento y ocio. Acabé compartiendo las ilusiones y preocupaciones de esta familia hasta la medianoche.

A la mañana siguiente, de regreso a casa, pensé en las personas que intentan hacer con sus vidas algo extraordinario, sin duda hay muchas, pero a buen seguro las jóvenes ciclistas también ocupan un lugar destacado.

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