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Manolo e Ignacio, dos niños de apenas 11 años, se habían convertido en enconados rivales de todos los juegos infantiles inimaginables. Era una competitividad limpia e inocente. Hasta que llegaron los esperados juegos escolares de todos los años donde se anunciaron competiciones de fútbol, balonmano, frontón, baloncesto, atletismo y por vez primera…ciclismo.

Mi hermano mayor Ignacio no tardó en apuntarse. Le encantaba brincar con su mimada ORBEA de paseo “tuneada al estilo motocross” y vio enseguida una oportunidad para destacar de sus compañeros. Enfrente, no tardó en imitarlo su rival en casi todas las peleas, Manolo con su BH, también de paseo y plegable. Se puede decir que eran los únicos a los que la bicicleta les gustaba muchísimo más que pegar patadas a un balón, correr o jugar al frontón. Y se lo tomaron tan en serio, tanto, que mis padres tuvieron que “calmar” a mi hermano cuya fogosidad a veces asustaba.

Se apuntaron 15 niños y en los momentos previos a la salida la expectación era tal que parecía una competición de verdad y no una carrera entre escolares de un colegio de jesuitas. El circuito tenía tierra, asfalto, subidas, bajadas y hasta una zona de gravilla, convertida en trampa donde los menos expertos vieron frenadas sus expectativas de triunfo.

En unas edades donde a veces el límite entre la broma y la crueldad es muy fino, no tardaron en hacerse oír unos cantos populares en aquellos años:

“BH la que se rompe en un bache” y “Orbea la que siempre se estropea” competían al unísono entre una mezcla de admiración y envidia porque sin duda eran las dos monturas más bonitas.

Ignacio y Manolo, Manolo e Ignacio; ORBEA y BH, BH y ORBEA. La rivalidad en su mayor dimensión.

La carrera sólo fue cosa de dos. Manolo y mi hermano Ignacio se destacaron tan pronto del resto que ya no hubo ojos para nadie más. El desenlace prefiero dejarlo en el aire por respeto a las marcas pero os aseguro que ni la Orbea se estropeó ni la BH se rompió.

Fue una jornada memorable y allí tomé la primera decisión importante en mi corta vida.

40 años después de aquel evento, en mí familia siguen naciendo nuevas criaturas ORBEA y en el garaje de mi hermano Ignacio descansa anciana, pero muy viva, la ORBEA “tuneada”. Os puedo asegurar que sigue siendo muy respetada aunque a su lado destaquen el brío y la juventud del carbono.

Eternas pedaladas para ORBEA.

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